Perder a David Beriain

Claro que hablábamos de la muerte a veces. Aunque entonces la muerte no se parecía a esto. Siempre era algo de lo que ya había escapado. Bromeábamos, por ejemplo, con la tensión que había pasado yo viendo en la tele cómo un narco mexicano le amenazaba con una pistola. Y eso que ya nos habíamos juntado antes de que emitieran el programa. El narco creía que David Beriain se estaba riendo de él y quería meterle un tiro. “Me entró un ataque de risa y no podía parar, es verdad; pero no me reía de él”, contaba. Al final convenció al tipo de que guardara el arma y yo respiré aliviado en el sofá. Como un bobo. “¿Sabes lo peor? Que me fuera a matar el último…”, se reía.

Porque antes de que el narco sacara el arma, David ya había conseguido saber todo de él: que era una especie de niño de papá del cartel, siempre con dinero, siempre protegido, apocado por la figura del padre, refugiado en la exhibición de lujo y poder violento, bebido y drogado hasta las trancas. Después de haber lidiado con las FARC, la Camorra, secuestradores de encargo, traficantes y malos de todo pelo, ahí estaba con aquel cañón a centímetros de la cara. “Que me fuera a matar el último…”. Y nos cagábamos de risa.

Como cuando recordábamos que, junto a sus madres, era seguramente la única persona del mundo capaz de hacer llorar hasta a los sicarios. “¿Cree que estoy a tiempo de cambiar?”, le preguntó uno después de que lo entrevistara. Se interesaba tanto por la gente, que la gente terminaba mirándose donde nunca se había atrevido a hacerlo. Lo hacía en su casa de Madrid o en medio de la selva.

En uno de sus primeros viajes a su colección de infiernos, encontró el modo de llegar a un campamento de las FARC. Después de semanas esperando en una habitación de hotel, y de días caminando por la selva, por fin llegó al lugar, donde lo recibió un pequeño pelotón de uniformados con armas largas. Agotado, lo llevaron ante el jefe, Pastor Alape, y se desahogó: “No sabe cuánto me alegro de verle. Primero, porque ya no tengo que andar más. Y segundo, porque tengo un hambre…”. Después le explicó que cuando le entrevistara no le iba a hacer preguntas amables, porque eso no le iba a servir para nada a ninguno de los dos. Recuerdo muchas veces eso cuando preparo una historia. Intento recordar muchas más cosas de cómo trabajaba David.

Nos conocimos hace mucho, en la facultad, y con sus viajes, a veces me hacía trampas cuando pensaba en su trabajo y en el mío. Pensaba que no es que fuera mejor, sino que era más valiente, qué le iba a hacer yo a eso. Pero no es verdad: era el mejor. Miraba mejor, veía mejor, escuchaba mejor. Sin saberlo, me ha acompañado en muchas misiones menores pero que a mí me inquietaban. Cuando aterrizo en algo con lo que no sé qué hacer, me repito: calla, escucha, pregunta, por qué quiere eso, por qué hace eso, escucha, calla.

Uno de los momentos que más me impresiona de sus programas sucede en el borde de un gigantesco agujero en medio del Amazonas. No huyen de nada, no explota nada, nadie les persigue. Allí sienta a uno de los mineros que ha contribuido al socavón. Trabaja en eso por pura necesidad, en un lugar remoto sin muchas más opciones para comer al alcance. Sin educación ni salida. El tipo entonces dice algo asombroso: “Pido perdón al futuro”.

No, David no encontraba estas cosas porque fuera más valiente y así pudiera llegar al lugar donde crecen como campos de trigo. Tampoco porque tuviera más suerte. Era mejor. El mejor de todos nosotros. Y también más valiente, claro, quizá porque se exigía más cuando se cruzaba con una historia. Pero el arrojo, tan llamativo, no me parece el rasgo esencial de alguien que puede hacer llorar a un sicario y reír a mis hijos.

Hace un par de años, entre angustia y angustia de viajes y tribulaciones con 93 metros, la productora que montó para no tener que explicar que debía trabajar como trabajaba, él y Rosaura, su esposa, compraron una casa a la orilla del pantano del Burguillo. Lo primero que hicieron fue pensar cómo podían compartirla, cómo podían usarla los amigos cuando ellos estuvieran grabando fuera. Mientras hacían los primeros arreglos, nos iban invitando a comer parrilladas. Mis hijos recuerdan una jornada feliz, después de la que lo buscaron en YouTube y se engancharon a sus historias. “Pero se arriesga mucho, ¿no?”, me dijo Lucas, sorprendido por encontrarse en esos trances al tipo que les había conquistado esa tarde.

Yo de aquel día recuerdo los ojos de David achinados por la sonrisa mientras se frotaba las manos y decía: “¡Chistorrica!”.

Periodista

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